Leyendo la discusión en torno a la nueva Ley de Convivencia Vial las últimas semanas, es evidente que se ha perdido el foco. Nos hemos quedado en el debate pequeño y no leo a nadie abordando un tema más profundo y necesario, como es el cambio cultural al que debiera desafiarnos esta normativa, que tiene que ver con cómo queremos que sean nuestras urbes.

Lo que deberíamos replantearnos es cómo generamos mejores ciudades para las personas, cómo propiciamos una convivencia armónica en el espacio público, cómo nos acercamos a una ciudad donde sea seguro que una niña o un niño puedan ir solos a comprar al almacén de la esquina y que los tiempos de los semáforos privilegien el paso de los peatones.

Muchos hablan de que la nueva ley empuja a los ciclistas a la calle y lo peligrosa que es esa medida, sin cuestionarse por qué la calle es un lugar peligroso, por qué el espacio de encuentro entre las personas se transformó en uno que hoy resulta peligroso para ellas mismas.

En un nuevo esfuerzo de sociedad civil, siendo que la reducción de velocidad formaba parte de la nueva Ley de Convivencia Vial –ese artículo fue rechazado por el Senado en marzo-, conseguimos que se repusiera como proyecto de ley de un solo artículo y que fuera rápidamente aprobado, entrando en vigencia en julio de este año. No obstante, basta con detenerse en cualquier intersección de Santiago, para que ver que nadie respeta el nuevo límite y la fiscalización de Carabineros ciertamente no es suficiente.

Por sí sola, ninguna ley es sinónimo de un cambio cultural, pero regular que la velocidad en nuestras ciudades sea inferior, porque está comprobado que es un factor de riesgo, así como normar la convivencia vial, sientan las bases del respeto que los modos más vulnerables requieren –antes de esta ley no eran considerados- y sienta un precedente más importante aún: la calle no es de los automóviles.

El mayor desafío de esta ley es ese cambio de paradigma y la visión de ciudad que queremos transmitirle a las nuevas generaciones. No es necesario investigar demasiado para saber que la irrupción del automóvil, así como su uso excesivo, desfiguró nuestras urbes y que en ese camino perdimos la dimensión humana de los asentamientos urbanos, como lugar de encuentro para la construcción de la vida colectiva.

Hoy parece normal que al preguntarle a una niña o a un niño ¿de quién es la calle? Su respuesta sea “de los autos”. Personalmente me parece una respuesta preocupante, porque esa es la percepción que el diseño urbano actual le transmite a las personas, un profundo olvido por el ser humano y los entornos adecuados para una vida de calidad en el espacio público. Nos preocupa más mover autos que la movilidad de las personas. Es por esto que hoy, más que nunca, es urgente recuperar las ciudades para las personas, su seguridad no puede estar relegada a las cuatro paredes de sus casas.

El desafío por delante, por supuesto, es enorme. El cambio cultural requiere de un fuerte énfasis en la educación y en ese sentido el trabajo ahora debe ser con Mineduc, viendo cómo se introduce eficazmente la educación vial en los currículos escolares y que las futuras generaciones dimensionen que convivir en el espacio público conlleva un deber de respeto a los distintos modos. Pero más importante aún, cómo les transmitimos una visión positiva de la ciudad y que ésta debe privilegiar su vida segura en el espacio público.

¿Qué va primero, la educación o la ley? Me encantaría pensar que la primera, pero en la práctica, sin un marco normativo es muy difícil generar conciencia en las personas. Es por esto que el reto con la nueva ley es despertar, entenderla como una oportunidad de cambiar la forma en que pensamos y diseñamos nuestras ciudades, donde el acento esté en las personas y privilegiando a los más vulnerables.

Necesitamos retomar ciudades a escala humana y concientizar a las personas de que un uso excesivo del vehículo deshumaniza nuestras calles y que la velocidad es uno de los principales factores en ciudades donde las calles se perciben como peligrosas.

(*) Esta columna de opinión fue hecha por Daniela Suau, para la Red Ciudad Futura y publicada en El Dínamo, el martes 20 de noviembre de 2018.

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Daniela
Periodista

Ciclista urbana que cree en la bicicleta como una herramienta de cambio para ciudades a escala humana. Periodista apátrida, con síntomas de una dislexia no diagnosticada y editora general de New Indie.

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