Una autoetnografía desde el viaje cotidiano

En la movilidad del viaje, confluyen mujeres y hombres de diversos barrios, etnias, géneros y clases, cientos de desconocidos se encuentran por momentos fugaces y se comunican de acuerdo a prácticas y estrategias que guardan su conocimiento en la rutina, es la cotidianidad del viaje que otorga detalles sutiles que los viajeros son capaces de descifrar.

Desde mi experiencia, como mujer joven dentro de estos espacios, suelo estar pendiente de lo que sucede a mi alrededor, no descuido mis pertenencias, soy blanco de miradas de desagrado de señoras que quieren sentarse (no así los hombres jóvenes), tengo que soportar miradas libidinosas y, además, al igual que todos los viajeros, debo sobrellevar el aire denso del metro, los olores, al igual que ubicar mi cuerpo de manera segura para no correr el riesgo de caerme.

Hoy es martes por la mañana y llueve, un evento poco común que alivia un poco el aire denso que caracteriza Santiago pero, a la vez, desordena mi trayecto de todos los días. No me preocupé de ver el tiempo, no llevo paraguas, sólo una chaqueta de tela que no repele el agua, por lo que pienso que inevitablemente me mojaré un poco.

Son las 9:30 h y recién llego a la estación Los Dominicos, lugar al que todas las mañanas me va a dejar mi papá, porque cerca de mi casa no pasan micros. El trayecto hacia el paradero más cercano es de 20 minutos en bajada por un cerro y me niego a bajarlo o subirlo diariamente.

Vivo en la Comuna de La Reina, en un sector alejado del tráfico y congestión que caracteriza a la ciudad, por lo que para llegar a cualquier destino, debo viajar por largos trayectos, de hecho, la mitad de mi tiempo lo paso en un barrio distinto al de mi hogar, principalmente en el centro de Santiago.

Al bajar del auto tengo que saltar hacia la vereda, ya que la calle se encuentra inundada, la lluvia es escasa, pero me moja la cara y el pelo; me lo trato de tapar con el pañuelo porque no quiero que se me desordene en el resto del día.

Montones de personas se agolpan en el paradero que va hacia San Carlos de Apoquindo, a trabajar o a estudiar, quienes me observan mientras camino hacia la entrada del metro, al igual que otras personas que se bajan en el mismo lugar que yo, quienes también tienen la suerte de que los puedan acercar a este punto de conexión.

La experiencia del viaje tiene dos elementos inseparables: el tiempo y el espacio, representados en las calles atestadas, en el tráfico y en los sistemas de transporte. La ciudad se mueve con un ritmo acelerado, que parte a primera hora de la mañana, donde urge llegar a la hora al trabajo y no se detiene hasta que los individuos pueden retornar a sus casas.

Entro al metro y bajo rápidamente las escaleras, no uso las mecánicas porque están por la otra entrada y demoraría más en llegar hasta ahí, además, puedo hacer un poco de ejercicio.

Al llegar abajo, hago la fila para cargar el pase escolar. Me fijo en que las trabajadoras del metro son todas mujeres de más de 45 años. Siempre están conversando mientras realizan las cargas a los clientes, me asombra su capacidad de hacer tantas cosas al mismo tiempo: “Gracias, revise”, me dice la señora mientras miro el comprobante. Camino casi corriendo hasta los validadores y bajo las escaleras mientras guardo mi pase en la mochila.

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Me subo al principio del vagón, sólo hay tres personas más, nos miramos brevemente y luego cada uno se enfoca en algo que hacer. La mujer de enfrente escribe en su celular, mientras los dos jóvenes a mi lado derecho se ponen sus audífonos. Yo me saco la chaqueta y la pongo bajo mi mochila, sobre mis piernas, saco mi texto de lectura para la universidad y mi destacador.

El trayecto hasta El Golf es tranquilo, la rapidez del vagón, que tiene las ventanas abiertas, hace que aparezca el sonido característico de la velocidad, que opaca todos los otros sonidos dentro del tren. De pronto, siento una mirada desde mi izquierda, un hombre me observa constantemente y no deja que me concentre en mi lectura, por lo que le respondo mirándolo fijamente y vuelvo a mi texto.

En la estación Tobalaba entra la mayor cantidad de personas, todos tratan de sentarse, una señora mayor se sienta en mi asiento y me mira aliviada, mientras que los demás se acomodan unos con otros para poder tomarse de los fierros, pero cuidando de no tocarse. Los viajeros deben desarrollar estrategias para sortear las vicisitudes que presenta la ciudad, favorable para algunos más que para otros. Los habitantes se enfrentan a una ciudad que se caracteriza por su instantaneidad, por la violencia y tensión que significa movilizarse por una ciudad con un servicio de transporte precario y caro.

En Pedro de Valdivia me da más calor y me falta un poco el aire, el metro pasa por una leve curva, me mareo bastante. Incómoda, me saco el polerón y lo guardo en mi mochila, siempre siento malestar en este punto, por lo que reflexiono que puede que el metro esté más hondo en la tierra y tenga menos aire dentro.

Me fijo en el hombre que me sigue mirando, me enoja, ya que no me siento segura con este tipo de interacción. Mi estrategia, la que he pulido durante años, es mirarlos desafiantemente para que entiendan, a través de mis gestos y mi mirada, que es incómodo para mí. Varias veces los encaro, pero en este momento no lo hago porque representaría un momento más desagradable, algo que quiero evitar dentro de este espacio reducido y agobiante como es el metro.

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En Manuel Montt logro apoyarme contra dos puertas, lo que me aísla un poco de los demás, para poder concentrarme en mi lectura. El hombre se mueve hacia mí, pero se desvía hacia la puerta mientras murmura algo indescifrable, observándoe de manera lasciva. Se baja en la estación Salvador y aprovecho de enfocarlo con la cámara, para que se sienta incómodo de tanto mirarme; se da cuenta, pero en la foto sólo logro enfocar su espalda.

Un punto crítico es Baquedano, donde suben y bajan muchas personas, la mayoría va tensa y un poco apurada, con ansias de llegar a sus puntos de trabajo u otros destinos. Se siente en la atmósfera la incomodidad de todas y todos los que estamos en el vagón, cuando baja alguien los que se ubican cerca de la salida deben acomodarse y buscar nuevos apoyos.

Las personas que viajan dentro de este medio, dependiendo de su ubicación, deben estar más o menos atentas a lo que sucede en una distancia próxima, es esencial observar a esos desconocidos para ubicar cómodamente el cuerpo. Me fijo en que cada mujer u hombre en el vagón debe comunicarse sin palabras, pero con miradas y gestos, con posiciones del cuerpo que indican incomodidad, para que el otro se mueva, con enojo, para indicar que un movimiento pudo haber golpeado a otra persona o, muchas veces, simpatía.

A mi alrededor hay varias personas, dos hombres oficinistas, un joven repartidor (me fijo en su uniforme) y una chica. Siento la cercanía de sus cuerpos y me fijo en el olor a sudor que expelen, además del perfume floral de la mujer al lado mío, mezclado con el fuerte perfume de la señora que se acaba de sentar;  algo que me desagrada.

Las próximas estaciones son paradas fugaces, me abstraigo en la música y en lo que voy leyendo, se me hace más llevadero. De pronto me fijo que queda poco, estamos en La Moneda, por lo que identifico la salida más cercana y con menos personas. Antes de que lleguemos a Los Héroes me muevo hacia la salida con la mochila, mis dos abrigos y mi texto; inevitablemente, debo pasar a llevar a las personas a mi alrededor, pero nadie se molesta. Entienden que salir a una estación tiene que ser rápido.

Cuando abren las puertas, me fijo en que hay dos hombres bloqueándome la salida, por lo los que empujo y paso rápidamente. En las escaleras mecánicas me pongo mis abrigos nuevamente para salir al frío, y me preparo para correr a clases. Son las 10:20 h y llegúe atrasada de nuevo.

About The Author

Gabriela Fernández

Caminante de la ciudad, feminista y casi antropóloga. Obsesionada con la literatura, la música y el karate.

One Response

  1. Elena

    Hola Gabi ! Me gusto tu historia.
    La pude ver en imágenes mientras te leía. Comparto todas las experiencias que describes. Por largo tiempo sentí lo mismo en relación a esas miradas lascivas, y digo sentí, no porque se acabaron,si no, porque mi perspectiva cambio, yo cambie, y ya no me agreden.
    Y bueno lo de los olores, ha variado igual, la mayoría de las veces viajo en metro en horas tranquilas. Es una ventaja, lo se. Lo de los acercamientos, y ahí si noto una evolución, he notado que la mayoría de las personas, tienden a ir haciéndose su espacio y protegerlo, claro no falta, aquella o aquel, que se te cae encima porque no se puede su propio cuerpo, esta desequilibrado emocionalmente o se produjo un paro brusco del tren. Lo de salir en cada estación, con decir ”permiso” el paso se abre, y después ”gracias”, analizando corto, al personaje a quien uno se dirigirá, si esta con audífonos, la estrategia es diferente. Observo que salir de algunas estaciones esta siendo un logro también, las personas en Santiago, en general, veo que sus cuerpos les pesan, o por gordura, poco aire, o stress me imagino. se mueven como rebaño, son pocos los que buscan estrategias y caminos mas expeditos.
    Todo habla de esta forma de vivir llamado Santiago.
    Te felicito por compartir tu punto de vista, ya eso, me gusta. Un abrazo grande y hasta pronto
    Elena, la mama de Vicente

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