“Hola, buenas tardes, ¿por casualidad usted viene a recorrer el barrio?, ¿podría yo contarle la historia, por algunas monedas que usted me quisiera dar?”.

Cuatro veces escuché un speach similar, subiendo o bajando a Santo Domingo, estación del Metrocable y barrio de Medellín, conocida por su transformación de ser un barrio “complicado” a uno que ya no lo es. Eso no me lo inventé, me lo dijeron cada vez que pudieron. Niños de entre 10 y 17 años, que se acercaban a los visitantes, curiosos de entender lo que pasó ahí, como guías de su propio barrio.

No somos ni los primeros ni los últimos visitantes que lo escucharemos, porque es súper común. Mientras vengan visitantes como hayan niños dispuestos a hacerte de guía y que quieran unas monedas para comprarse el equipo de fútbol o para ayudar en la casa, o quizás para qué.

No me preocupa demasiado, porque cuando alguien visita Medellín, por lo general, va a recorrer una de las obras más aplaudidas de la ciudad: el famoso Metrocable que, por el momento, tiene tres líneas y va por dos más. Pero, ¿qué es eso? Una especie de teleférico (podrán aclararlo mucho mejor los expertos) que permite, a través de un transbordo desde el metro, seguir hacia una de las zonas altas de la ciudad, gracias al sistema público de transporte y sin pagar un peso de más. Pero, ¿dónde está el Metrocable?, ¿en los barrios acomodados? NO, en los barrios altos, a los que generalmente cuesta mucho llegar y que han padecido la violencia durante las décadas recién pasadas.

Santo Domingo tiene una historia o muchas, podrán decir sus habitantes. Era un barrio peligroso, donde se mataban entre bandas rivales, en las que el narcotráfico y los paramilitares hacían de las suyas, donde si viste alguna serie o libro ligado a Pablo Escobar, puede que te suene el nombre. Pero donde alguien tomó la decisión de instalar (por el momento, no me interesa saber de qué tendencia política o bajo qué condiciones en letra chica), no sólo un medio de transporte, sino una solución para detener o apaciguar la violencia, que tanto golpeó al país del café, el aguaepanela, el sombrero vuelteao, la cumbia y el currulao. Donde no fue necesario llenar el cerro con más armas, sino con la mejor metralleta: el transporte público. Y como bailando pegada una salsa con la cultura: una biblioteca, una explanada, una plaza para los niños y una cancha.

Vuelvo mentalmente al Metrocable y recuerdo la sensación de ver desde allá arriba la plaza repleta de niños jugando (donde según ellos mismos, antes había un mateadero, manera en la que se conoce a lugares donde mataban gente) y me da pena y rabia el comentario obligatorio que probablemente estás pensando, es ¿what? ¡Pero si es una de las cosas más bonitas de Medellín! Y sí, cada vez que lo subí, tres veces en total, fue uno de los momentos más emocionantes durante el viaje. Y los ojos se me ponen vidriosos, ¿cachai que las autoridades colombianas enfrentaron la desigualdad, dándole a los más desplazados infraestructura de calidad, bonita, útil y resultó ser una de las mejores opciones contra la violencia?

Pero, ¿por qué me da pena? y ¿por qué me da rabia?

 

Santiago

A veces, cuando me toca andar en distintos lados de Santiago en el mismo día, no alcanzo o no puedo andar siempre en bicicleta. Hago lo que más puedo en ella, pero a veces el cansancio, el peso o el volumen de cosas que tengo que hacer, me obliga a utilizar otras formas de transporte como el metro, colectivos, taxis y demases.

Un mismo día puedo estar en la estación La Granja y al rato puedo estar en la estación Bilbao. ¿Han visto qué cosa más injusta es mirar durante el mismo día, ambas estaciones? Vivo en una ciudad segregada, incluso, en algo que debiese ser tan transversal, como el metro. ¿Has visto la diferencia entre ellas? Y pareciera que mientras más al sur de la ciudad, las estaciones se van poniendo más feas, más estrechas, más sin amor. Y para notar eso, no necesito ser diseñadora, urbanista, o experta, simplemente debo ser una usuaria que, atónita, observa las diferencias dentro de una misma ciudad desde las decisiones, la intención y el poco respeto.

Mientras en Medellín, Colombia, (que probablemente también tiene un montón de falencias que no logro notar, claro) es justamente lo contrario. Y tal como decía nuestro compañero Arriagada, en la presentación de Chile como sede para el próximo Foro Mundial de la Bicicleta, vendemos una postal de un país que está bien (?) económicamente, pero que es tremendamente desigual.

Un lugar donde, incluso, puedo plantear que el diseño de las estaciones de metro, son diferentes para los pobres que para los que tienen recursos. Siendo que el foco, probablemente, debiese ser darle mayores oportunidades a los que más lo necesitan. Entonces pienso que hay algunas estaciones, por ejemplo, de la Línea 4A (por no decir todas) que fueron una burla: escaleras estrechas, lugares que se llueven o están saturados de caca de paloma, accesos pequeños y repito, feas.

¿Cómo no me va a emocionar un sistema (Medellín), no sólo de transporte sino de transformación social, tan operativo y lindo?, ¿cómo no me va a dar rabia vivir en un país donde hay metro para pobres, ciclovías para pobres y horarios de transporte para pobres?

La lección es que los cambios reales, probablemente, vienen desde las prácticas equitativas, como darle más a los que tienen menos. O, como decía uno de los vítores ciclistas (que a veces entre tanta cosa se nos olvida que no somos los únicos que merecemos, si al final somos todos peatones), con un swing que no he podido dejar de tararear todo el día de hoy: “Más amor, más amor; menos motor, menos motor” *

*cántico entonado en cicletadas de Medellín

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Maria Paz Castillo

Escritora compulsiva y productora de ideas. Conocida por sus proyectos en redes sociales como Humita Domicilio, La chica de los Mandados, entre otros. Las puedes ver en su bici por las mañanas, en las tardes y (sobre todo) por las noches.

2 Responses

  1. Antonio Mario Guarino

    muy bueno Maria Paz ,felicitaciones!
    Hay que seguir por mas educacion,cultura,servicios y oportunidades para todos!!

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