A eso de las 8 de la mañana enciendo la tele y me sorprendo con la emergencia que transmiten los noteros de los matinales: inundación en Providencia y Santiago Centro. ¿Otra vez?, me pregunto, recordando la ocurrida en abril, provocada por el desborde del río Mapocho y la negligencia empresarial.

Sí, otra vez los vecinos y locatarios sufren pérdidas económicas por la irresponsabilidad de una empresa que, en este caso, suministra agua potable, y no mantuvo adecuadamente su infraestructura, ocasionando la rotura de una matriz de agua.

Ya es bastante trágico pensar en las consecuencias que trajo para los que viven y trabajan en los sectores afectados, ni hablar de su rabia por lo sucedido. Pero pensemos un momento qué ocurre con los transeúntes que transitan por estas vías. Los noteros y animadores de televisión lo describen como un “caos vial”: Carabineros tiene cortado el tránsito por Providencia, mientras el agua drena y los equipos de la empresa tratan de encontrar la falla en el sistema. El transporte público es desviado por Diagonal Paraguay y se detiene el funcionamiento de la Línea 1 del Metro, ya que el agua también llegó hasta las vías subterráneas. En síntesis, este hecho alteró la jornada normal de miles de transeúntes que tenían planificados sus tiempos de viaje y no se esperaban lo ocurrido.

A la distancia, lo que veo es una curiosa muestra de la inventiva de los transeúntes que, comprensiblemente molestos, tratan de no detenerse y seguir desplazándose cómo sea hacia sus destinos. Se bajan en la estación Baquedano del Metro y caminan por Providencia o por el Parque Bustamante, desbordando las aceras y ocupando la calzada. Caminan a paso firme pues ya no pueden contar con el transporte público y de esta forma recuperan la calle antes segregada.

Más hacia el centro, en la calle Monjitas, la cámara muestra cómo el agua aún fluye con fuerza y los sacos de arena se amontonan para oficiar como un improvisado puente peatonal, cómo una bicicleta sirvió para ayudar a pasar a algunas personas por una calle anegada y cómo se les pedía a los choferes de las micros que bajaran la velocidad, puesto que su paso mojaba tanto a peatones como a los trabajadores que intentaban drenar los subterráneos de los edificios.

Lo que se muestra como un caos vial por las cámaras televisivas, o más bien, un “escenario dantesco”, ocupando la clásica muletilla para describir una escena alborotada e improvisada, puede ser también la ocasión perfecta en que se puede observar cómo, ante un problema sistémico, el instinto de la movilidad de los transeúntes no se detiene y automáticamente idea nuevas rutas, nuevas estrategias y nuevas excusas para explicar su demora al trabajo. Una inversión en el orden establecido que hizo postergar a los transportes motorizados y privilegió al peatón que, por tan sólo un rato, volvió a ser el rey de la calle.

Es una lástima que esta inventiva surja en momentos de crisis, cuando todo lo demás falla y las jerarquías se invierten, permitiendo que los demás vehículos motorizados bajen la velocidad o sean expulsados de la calle, para dejar circular a las masas de peatones, que se las ingenian difícilmente para caminar.

Esto nos dice que el transeúnte puede desbordar las normas, las rutinas y los espacios predefinidos, para circular según las circunstancias del momento, siendo en definitiva un transeúnte permeable a los imprevistos y que no está dispuesto a detenerse si algo falla. Es importante observar esta inventiva, pues son prácticas de movilidad culturales que se activan en momentos como estos y que a futuro podrían permitirnos planificar nuestras ciudades en función de esos movimientos, en vez de esperar que los transeúntes se ajusten al diseño urbano planificado entre cuatro paredes y con, literalmente, poca calle.

Inundaciones ha habido y seguirán ocurriendo, especialmente por la irresponsabilidad empresarial, pero espero que alguna vez aprendamos a observar nuestros espacios públicos y generemos saberes que nos permitan darle soluciones terrenales a los problemas viales durante emergencias. Observen hacia dónde fluye el agua y también cómo fluyen las personas con ella.   

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Cristóbal
Antropólogo

Ciclista urbano que no le hace el quite a caminar o al transporte público. Antropólogo UAH dedicado a la investigación sobre la movilidad urbana y la interacción entre los transeúntes para lograr ciudades más amenas.

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