Al leer sobre la eventual voluntad del Alcalde de Santiago para enrejar el Parque Forestal, pensé “tendremos un parque prisionero”. Imaginé el lamento que sentirían esos visionarios (y por qué no decirlo, oligárquicos) arquitectos que, en plena época de la “cuestión social”, en un Chile lleno de pobreza y desigualdades sociales, de urbanización descontrolada y condiciones insalubres, gestaron, sobre lo que fuera “un basural y antiguo curso de río, parcialmente ocupado por ranchos” lo que hoy es este invaluable parque.

Un parque que es emblema de nuestra ciudad y que ha sido escenario de artistas tan grandes como Violeta, a quien cuesta imaginarse presentando sus obras en la Segunda Feria de Artes Plásticas del Parque Forestal, en 1960, mediando rejas entre su obra y su público.

El Forestal surgió en torno a las celebraciones del centenario de Chile, una época donde la necesidad de construir obras en pro de la higiene y la salud de la clase más acomodada que habitaba en el centro de la ciudad, trajo consigo la oportunidad para el embellecimiento. Junto a la construcción del sistema de alcantarillado y agua potable, se canalizaba el río Mapocho y se redestinaba el material obtenido de excavaciones a elevar los terrenos aledaños al río, sobre los cuales se construyeron la Estación Mapocho, el Museo de Bellas Artes y el Parque Forestal (1), en una armonía arquitectónica a tono con las celebraciones.

Hoy, las necesidades prácticas de salud a las que las innovaciones urbanísticas y arquitectónicas debiesen responder, ya no son las epidemias de tifus y cólera que movilizaban la canalización de las aguas servidas, sino la generación y mejora de los espacios públicos. Espacios que, abiertos, accesibles y arborizados, promuevan la recreación, el transporte activo y la actividad física, claves para reducir las enfermedades crónicas (como diabetes, obesidad e hipertensión) que son los principales problemas de salud pública actuales.

Necesitamos arborizar ¡no enrejar!, si queremos ser también urbanistas visionarios y reducir también los niveles de material particulado tóxico para la salud. Brindemos a los ciudadanos áreas verdes abiertas siempre, que sean refugio ante tanta gigantografía y pantalla LED destinada a invadir con ventas nuestros subconscientes, menoscabando nuestra salud mental. En un país donde las comunas ricas tienen en promedio 6,7–18,8 m2 de áreas verdes por habitante y las pobres solamente 0,4–2,9 m2 por habitante (2), un Forestal abierto permanentemente, con sus 15 recorridos de Transantiago y tres líneas de metro que lo alimentan, constituye un gran aporte para reducir las inequidades sociales en salud.

Prisionero el Forestal, pero preso de un país inequitativo que se ilusiona con la idea de que
más acero y más púas combatirán el problema de la inseguridad, cuando a la base de ésta lo que tenemos en realidad, es inequidad. Si bien la sentencia solo sería para “reclusión nocturna” pues no se contemplaría por ahora cerrarlo de día, las consecuencias del enrejado exceden por mucho dicho horario. Estimado Alcalde: al igual que usted, yo también “estoy por tener un parque abierto”, aunque no “idealmente” como dijo, sino siempre.


(1) Pérez Oyarzun, F., Rosas, J., & Valenzuela, L. (2005). Las aguas del centenario. ARQ (Santiago), (60), 72-74. 
(2) Ministerio de Vivienda y Urbanismo de Chile. Observatorio Urbano. Indicadores urbanos. 2016.

 

About The Author

Andrea Cortinez-O’Ryan

Andrea es kinesióloga y Magíster en Nutrición, Actividad Física y Salud Pública de la universidad de Bristol, Reino Unido. Co-Fundadora de la corporación Macleta, Mujeres Arriba de la Cleta. Actualmente trabaja en el Dpto. de Salud Pública de la Universidad Católica y colabora con el grupo de investigación Ufro Actívate.

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