Escapar

 

“Ya no hay sombras, ya no hay velocidad, ya no hay esa impresión de estar dentro del negativo de una fotografía”
Roberto Bolaño, Nocturno de Chile.


José Manuel Infante #1397, Providencia,
Santiago de Chile, mayo 2016.

– Y, ¿ya sabes qué es lo que más te ha llamado la atención de Santiago?

– Sí, tengo alguna idea.

– Qué bien, porque necesitamos buen contenido, ¿cachai?

– Uy, entonces no sé si esto vaya a gustarte.

– Vale, cuéntame de qué va.

– Mira, aún no encuentro nombre a lo que llamaría mi visión ciclista de la ciudad, pero hice algunas fotografías de nocturnos, pero no se ven ellos. En realidad no me importa que se vean ellos, sino los espectros fantasmales de ellos en su escape hacia la cima del Cerro San Cristóbal.

– ¿Ciclistas nocturnos dices?

– Sí.

– ¿Como una tribu?

– Sí, quizá sea una tribu igual de vibrante que la masa crítica de los Furiosos Ciclistas, pero no tan formal y organizada como un Bicipaseo Patrimonial. Esta es una tribu libre y silenciosa de salvajes solitarios, de espectros fantasmales que escapan diariamente del tráfico, el ruido y la contaminación. Esos que se ven a deambular por el bosque, a entrenarse, a pedalear en silencio, a desintoxicarse, a romper sus propios récords, a escuchar los perros en el horizonte, a fumar pito, a conversar con sus demonios, a carretear, a respirar, a besarse en cualquier árbol, a meditar, a tirar, a mirar la ciudad y a sentirse parte de algo, a liberarse, a escapar, ¿escapar, cachai? Eso es. Un escape.

– Me gusta.

– Podría decir que ahí y sólo entonces ahí, pude ver por primera vez la idea en mi cabeza del contundente “paisaje de la ciudad de Santiago de Chile antes del amanecer”. Ese paisaje escondido entre la espesa nube gris de cualquier tarde. Y yo estaba en el cuadro. Y el cuadro mostraba la ciudad de Santiago vista desde una colina, o tal vez desde el balcón de un edificio alto. Y entonces recordé México. Y vi el tráfico a lo lejos y aullé con los perros en el horizonte y respiré, fumé pito y conversé conmigo y con ella y con nuestros demonios. Y meditamos juntos en silencio y conversamos a lo lejos entre espectros veloces y espíritus agotados, “no se percibían figuras humanas pero sí, aquí y allá, esqueletos difuminados que podrían ser tanto de personas como de animales”.

Y encontramos fantasmas jadeantes tirando en los arbustos y espectros románticos besándose en los miradores. Y recordé México otra vez, con su tribu de nocturnos y su Bosque de Chapultepec, porque al final aquí o en cualquier lugar, los nocturnos siempre escapamos a algún sitio similar buscando cualquier cosa.

Y siempre nos encontramos con nosotros y con otros y con ellos. Bueno, no con ellos, sino con los espectros fantasmales de nosotros, de los otros y los de ellos en el cíclico escapar de la violenta mierda asfixiante en la ciudad.

Eso es. Escapar. Ahí, todas las noches. Al bosque incrustado, Al cerro centinela. A donde sea.

About The Author

Carlos Diaz N.

Carlos Díaz N., Ciudad de México, México, 1981. Es ciclista, tiene estudios de Fotografía Documental en el Gimnasio de Arte y Cultura, y es Licenciado en Negocios Internacionales por el Instituto Politécnico Nacional y voluntario del Foro Mundial de la Bicicleta Chile 2016.

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