Curicó – Freising – Santiago

No recuerdo con exactitud cuándo le regalaron la bicicleta amarilla a mi hermano. Esa con la que pasábamos interminables tardes dando vueltas en círculos por la casa y contando los segundos para ver quién era más rápido.

Fue a esa bici a la que decidimos agregarle un plástico en la rueda trasera para que sonara como una moto, porque así sentíamos que era más emocionante nuestro juego; con la que destruimos el jardín para hacer montes de tierra, creyéndonos súper bikers, y con la misma que empezó mi amor por la bicicleta. Y, al parecer, tienen razón cuando dicen que el primer amor no se olvida.

Mis primeros pedaleos en ciclismo urbano fueron en Curicó, gracias a mi mamá que nos enseñó a ir al colegio en bicicleta. Durante un tiempo ella nos acompañaba y luego volvía a casa, nos íbamos en hilera por la calzada, con mi mamá cerrando filas. La verdad es que al principio me daba un poco de miedo ir por la calle, por mi cabeza pasaban un montón de ideas terribles y mi bici empezaba a tambalear. Pero en esos momentos mi mamá gritaba: ¡Karo, conserva tu derecha y pedalea con confianza, que yo siempre voy a estar detrás de ti! Creo que tenía como 13 o 14 años, no era muy pequeña en realidad pero para mí fue toda una experiencia, porque me sentía grande e importante.

Pasó el tiempo, terminé el colegio, me fui a la capital a estudiar y dejé de pedalear. Me asustaba Santiago con sus calles llenas de autos y micros. Creo que me sentía como Carmela en la gran ciudad, además, las distancias que tenía que recorrer hasta llegar a la universidad eran un poco extensas y peligrosas, lo que me desanimó aún más. Pasaron los años y como yo ya no usaba la bicicleta, mi mamá la regaló, fue así como no volví a pedalear por mucho tiempo.

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Tomé mis maletas y crucé el charco con destino a Munich. Al bajar en la estación de trenes en Freising, la ciudad que sería mi hogar, la imagen de un gran estacionamiento techado lleno de bicicletas me impactó y entusiasmó ¡Qué ganas de tener una bici!

No tardé mucho en ponerme a tono y conseguir una, todo gracias a un profesor que con cara de espanto me preguntó: ¿Cómo llegarás temprano si no tienes bici para moverte? Así fue como en un par de días obtuve mi nueva bici y recuperé el amor que le tuve cuando era niña.

Durante mi paso por Alemania aprendí que la bici es un importante medio de transporte que no sólo te da la posibilidad de moverte rápidamente por la ciudad, sino que de experimentarla y vivirla. Como soy una persona curiosa decidí pedalear y lanzarme a descubrir la ciudad más allá de sus límites. Me gustó tanto la experiencia que empecé a recorrer más y más ciudades en bicicleta. Invertí en viajes todo el dinero que ahorré para comprar el auto y bueno… de la bici no me bajé nunca más.

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Químico, curicana, viajera, fotógrafa y pintora amateur.

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