Era un agradable miércoles de primeros de octubre. La temperatura era perfecta para ir en bici al trabajo. Uno de esos días en los que uno se siente afortunado de formar parte del grupo de personas “locas” que van poblando las calzadas de Madrid en su bicicleta.

Bajaba a buena velocidad por la calle de mi trabajo de camino a un parque donde suelo ir a comer. Apenas kilómetro y medio separa Onda Cero Radio de un lugar lleno de árboles y bancos donde “comer de tupper”.

La calle en cuestión lleva de nombre Fuerteventura, de una única dirección, y cuesta abajo. Con un límite de velocidad de 50. No llevo cuentakilómetros en el manillar, pero creo que bajaba a unos 30 km/h.

Un coche tras de mí pitó pidiéndome que me echase a un lado. Un leve “¡PI!” que en realidad quería decir: “aparta tú, bici, que vengo yo, coche! ¡Unga Unga!”.

Valoré la posibilidad de apartarme, pero la normativa de tráfico me recomienda que pedalee siempre por el centro del carril. Más aún cuando se trata de una calle que tiene vehículos aparcados a ambos lados. Esta norma existe principalmente por tres razones:
1. Si vamos pegados a la derecha y en una intersección queremos seguir recto, puede que el coche que está justo a nuestro lado, quiera girar a la derecha. Este es uno de los accidentes más comunes coche-bici.
2. Si vamos por el centro nos hacemos visibles y obligamos a que se nos adelante correctamente, es decir, dejando más de metro y medio.
3. Yendo por el centro del carril evitamos la inesperada apertura de puertas de los coches aparcados, otro de los siniestros más habituales.

En definitiva, y por resumir, ir en bici por el centro del carril obedece a una sola razón: evitar accidentes.

Dicho esto, y sabiendo que en unos 40 metros la calle terminaba y el coche podría adelantarme sin problema, decidí quedarme en el centro del carril a pesar del aviso en forma de claxon.

Unos segundos después, cuando el coche pudo “deshacerse” de mí, abrió la ventanilla y gritó con odio:
– Ojalá te caigas y te mates, cabrón.

Me sentí raro. Nunca nadie había deseado mi muerte. O al menos nunca que yo me hubiese enterado. Esto me hizo ser consciente de que, sin conocerme, es imposible que ese tipo quiera que yo muera, así que es el volante el que saca lo peor de nosotros mismos.

Como conclusión y por echar mis demonios fuera, grabé un vídeo con mi experiencia donde invitaba a mi agresor a tomar una cerveza para explicarle el por qué de la normativa y convencerle de que era un tipo amable a quien no merece la pena desear la muerte.

Una vez autoexorcizado, me pregunté… ¿podríamos pedir que se incluyesen algunas técnicas de inteligencia emocional en las autoescuelas? Creo que podría ser muy beneficioso saber controlar la rabia y la ira que el coche nos produce, pues, bajo el volante, llevamos una máquina de más de una tonelada de peso capaz de alcanzar velocidades increíbles. Una máquina muy peligrosa, en definitiva. Es necesario que tomemos consciencia de ello.

Jaime Novo
@_JNovo_

About The Author

Periodista y lleva 20 años trabajando en radio. Desde hace 8 está especializado en movilidad urbana en bicicleta. Premio Muévete Verde 2013 por al programa "Piensa en Bici" por la Campaña de Comunicación y Sensibilización de Movilidad Sostenible.

¡Comenta!