Luego de seis años de usar la bicicleta como transporte, estuve cinco meses detenida. Un dolor de espalda permanente y una consulta médica, terminaron en un mal diagnóstico; fractura de vértebra lumbar 4, desplazamiento de esta vértebra por sobre lumbar 5 y el disco entremedio. Como quien intenta separar dos yunques con un papel mantequilla.

A mis 32 años, ya mido dos centímetros menos. El doctor fue claro y me puso cara de “Ud. es un desastre y tiene la columna de su abuela”. Eso es lo que hicieron años de maratón, hockey césped y los primeros pasos en el círculo de la triatlón. Mucho rebote con mala postura, derivaron en un hueso roto y un disco aplastado.

Me tuve que bajar de la bici y el pronóstico era malo. Muy malo. Algunos dijeron que nunca más me debería subir a una bicicleta y los optimistas me decían que sí, “pero ojo, una de paseo”. Yo amaba mi rutera. Me fascina la sensación de ir agachadita sobre mi bici y sentir la velocidad, poder tomar el manubrio de abajo y pedalear con el cuerpo entero y no sólo las piernas, metiéndole brazo y harto hombro.

Me visualicé en una bici de paseo y faja, y me puse a llorar en la oficina del doctor, quien amablemente me dijo “¿para qué llora, si no es como que le dije que se va a morir?”. Tomen apunte para sus próximas consultas médicas: sólo se puede llorar si te dicen que tu vida está peligro.

Lo que el doctor ignoraba, es que de alguna forma, mi vida sí estaba en peligro. Sin tener riesgo vital, mi vida cambiaría como la conozco desde que tengo 7 años. Corriendo, con partidos sábado y domingo en la mañana, arriba de una bici a gran velocidad. Al frente de un arco de fútbol, una de 11 en un equipo de hockey, maratonista lenta y amateur, pero amante del trote igual. Mis vacaciones no eran vacaciones sin una carpa y trekking con mochila, pero ahora me estaban diciendo que si me operaba, tendría la suerte de poder hacer la cama sin dolor. Se me venía un duelo por delante.

Estuve cinco meses en reposo total, mientras probaba con terapias varias, ninguna exitosa. Cinco meses con mi rutera empolvándose en el balcón. No voy a mentir y lo reconozco, porque no hay de qué avergonzarse: terminé con una depre más grande que esa a la que llamamos intermedia, entre la Cordillera de Los Andes y la Costa. No podía trabajar ni pensar. Mi capacidad de concentración se redujo a la de primero básico y por las noches no dormía. Pasé del traumatólogo pal hueso roto al psiquiatra para arreglar el mate.

Al sexto mes, decidí cambiar el enfoque y hacer lo que fuera necesario para controlar el dolor. La homeopatía me puso en pie nuevamente y decidí aventurarme con una bicicleta urbana que me dejara recta. Me fui a San Diego y escogí la bicicleta que más prometía cuidar mi columna. Me subí con miedo pero me subí.

Ese día llegué por primera vez a mi casa con una sonrisa genuina. Hasta mis perros lo notaron y me celebraban al lado. El dolor sigue y la cirugía se viene, pero ahora es un dolor controlado y puedo pedalear. Nunca más podré correr y nunca más podré atajar un penal, pero quiero rescatar lo lindo que me dejaron esos meses de quietud.

¿Qué me dejaron? Gratitud, gratitud, gratitud. Hoy pedaleo despacio, porque con mi nueva bicicleta he descubierto que no es la velocidad lo que importa, lo que vale es el movimiento. El movimiento es un regalo que libera la más cálida sensación. He vuelto a sonreír y he vuelto a crear. Nuevamente me siento vital y calma. Todo esto pedaleando a 15 k/h. Los meses de quietud me regalaron la oportunidad de valorar el movimiento en todos sus formatos, sin importar las medallas.

Cuando pienso en quienes no hacen ningún tipo de actividad física, siento tristeza. Me pone triste pensar en la oportunidad perdida que implica la separación con nuestro cuerpo, esa tremenda fuente de riqueza que puede darnos los mayores beneficios. Me entristece reconocer que mi capacidad de disfrute de la actividad física, se debe en gran parte por mi privilegio de crecer en una familia que cree que el deporte es para todos, mujeres y hombres por igual. Soy privilegiada de tener un trabajo que me da tiempo para ejercitar, porque no necesito dos ingresos para compensar un sueldo mínimo y alimentar a una familia. Soy privilegiada porque por muy lesionada que esté, sigo siendo capaz de moverme y disfrutar de esta independencia. Esto por sobre todo me entristece, porque veo que este regalo no es para todos, por muy sencillo que sea.

Me quedo con la lección de humildad y de gratitud. Me quedo con el desafío de trabajar para facilitar el acceso de toda persona a esta práctica que llena de alegría. Me quedo con las ganas de trabajar para que todos podamos regalarnos el beneficio del movimiento. Me quedo con la sorpresa de descubrir una vez más, que algo tan sencillo como una bicicleta, es tanto más que una estructura de fierro.

 

About The Author

Andrea Albagli

Fascinada aprendiz de la Salud Pública, Macleta y activista porque reconozco que he tenido mucha suerte en la vida y eso es poco justo. Comprometida deportista que nunca le ha ganado mucho a nadie... pero eso no importa. 

2 Responses

  1. Coki

    Linda Andi! Me encontré de nuevo con esto que escribiste hace meses y no puedo sino emocionarme por como enfrentaste esto… Y lo bien que te veo ahora. Eres una grande amiga!!

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