Como mujer te queda claro a corta edad, que el título de este texto no es real (todavía); las experiencias violentas y la forma en que te muestran cómo debes comportarte, son los indicadores clave que nos van enseñando esto.

Yo crecí en un barrio residencial y familiar de una ciudad grande (Buenos Aires), y todavía me acuerdo la primera vez que mi mamá me dejó dar una vuelta a la manzana en bicicleta sola. Tenía seis años y la aventura máxima del momento era ir pedaleando por esas veredas que ya conocía, pero sin otra persona caminando al lado.

A los 11 años venía caminando del colegio (que quedaba tan cerca de mi casa que no tenía que cruzar ni una calle para llegar), cuando un hombre sentado adentro de un auto me pide que le indique una calle, imagino que todas las que están leyendo ya saben lo que me mostró cuando me di vuelta a mirarlo… Por si alguien no se lo imaginó: tenía el pene erecto fuera del pantalón. Mi casa colindaba con el colegio y después de esto aprendí que en vez de caminar, podía llegar saltando un alambrado.

Esa fue la primera clave de que ese espacio que yo creía que era público, en verdad era más de él que mío.

Más grande tuve otros momentos que reforzaron esa idea: el adolescente que se masturbaba sentado al lado mío en la micro, el auto que bajaba la velocidad para seguirme por varias cuadras, mientras yo pedaleaba, tener que cruzar la calle para evitar caminar entre un grupo de hombres que está parado más adelante, porque te hacen comentarios antes de que te acerques, tener miedo de decir que no ante el avance de un desconocido, por miedo a que responda en forma violenta.

Así es que yo llegué a mis veintitantos años pensando que el espacio público definitivamente no era mío, sintiendo que era al contrario, que cada vez que salía tenía que estar a la defensiva y que no era bien visto caminar sola o sentarme en un banco a leer un libro.

Hasta que empecé a conocer a algunas mujeres que creían que eso no estaba bien, nadie me había dicho que las cosas no tenían que ser de esa forma, hasta que un día una de ellas me dijo “pedalea por la mitad del carril para que te adueñes del espacio”, una obviedad que para mí fue mucho más allá de la bici.

A partir de ese pequeño acto, fui sintiendo que tenía derecho a ocupar espacios, a correrle la pierna a ese tipo que en el metro quiere sentarse despatarrado como si sus huevos necesitaran tanto espacio, a pasar entre medio de ese grupo de hombres que está en la calle y mirarlos a los ojos, antes de que se animen a decir algo, a frenar y cuestionar a los que aún creen válido murmurar palabras lascivas mientras paso a su lado (o pasa cualquier otra persona que creen poseer).

Sentir que tengo el valor de ocupar espacio va mucho más allá de sentarme tranquila en una micro, es una validación personal que me dice también que no necesito adelgazar diez kilos para ser aprobada por alguien, que si quiero puedo raparme, maquillarme o no, tapar mi cuerpo o no y que no hay nadie que pueda venir a quitarme mi espacio.

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Laura
Publicista

Mujer, argentina y ciclista, en proceso de mejora. Tratando de vivir con la misma sensación de vértigo y felicidad que sentí en mi primer pedaleo.

One Response

  1. Karina

    Totalmente identificada, puedo sentir con la bici ahora que tambien el espacio público me pertenece, que soy mas fuerte, como ciclista urbana y como ciudadanx.

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