De pronto, todos los semáforos de la ciudad se quedaron en la luz amarilla para siempre. Los primeros días, la vida se volvió caótica y, en muchos cruces, el tráfico quedó detenido por horas. Parecía ser el fin de una ciudad supuestamente civilizada.

Pero los días fueron avanzando y así también la forma en que las personas comenzaron a coordinarse en las esquinas, las avenidas, las calles y los barrios. Primero pasaban los peatones, luego las bicicletas y al último, los vehículos motorizados.

Si eran dos o más máquinas las que se encontraban, ambos flujos involucrados bajaban la velocidad, de manera de percibir ciertos gestos que fueron apareciendo entre los conductores y que, finalmente, permitían coordinar a la perfección quién podía pasar primero.

Había transcurrido más de un año y la ciudad había aprendido a fluir suave y humanamente coordinada, cuando repentinamente los semáforos volvieron a funcionar.

La desesperación por la luz verde no se hizo esperar, reapareció inmediatamente acompañada por los bocinazos de aquellos a los que después de tanto tiempo, el semáforo les había vuelto a dar luz roja.

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Pablo Arriagada

Antropólogo, integrante de Bicipaseos Patrimoniales, del colectivo MuéveteStgo y parte del directorio Foro Mundial de la Bicicleta 2016.

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