La estética de la seguridad de la que son parte las rejas antipeatonales, nos habla de la jerarquía de movilidad desde la que está pensada la ciudad.

Desde mi llegada a Santiago ha habido un elemento del paisaje urbano que ha captado mi atención y mucha de mi incomodidad. No se trata de la ubicuidad del Costanera Center alzándose sobre la ciudad e irrumpiendo sobre el paisaje como orgulloso monumento al desarrollo urbano neoliberal.Más bien, se trata de un objeto un tanto inocuo que podría pasar desapercibido de no ser por el hecho de que disfruto mucho caminar en la ciudad y, allí donde vaya, me lo encuentro. En Santiago, comenta Francisca Márquez, “cercas, rejas y muros son parte del paisaje, seguridad y segregación que se entremezclan perversamente con una cierta ‘estética de la seguridad’”. Márquez se refiere a los muros que las clases altas habrían alzado alrededor de sí mismas y sus hogares, para distanciarse del resto “del vulgo”. Sin embargo, en el panorama de la movilidad encontramos un tipo de enrejamiento que asimismo habla de segregación, jerarquización y priorización de ciertas formas de moverse, ciertas formas de habitar la ciudad; de ser ciudadane.

Las rejas antipeatonales las encontramos regadas por toda la ciudad. Las hay instaladas por varios kilómetros en los bandejones centrales de las grandes avenidas; espolvoreadas en los parques y plazas; esparcidas en las esquinas de algunos cruces peatonales; y a veces atravesadas en las ciclovías en un grandioso gesto del urbanismo del absurdo. Su propósito es, como queda claro en esta imagen, proveer “seguridad y control”. ¿Seguridad para quién?

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urbanismo_absurdo-new_indie4Disfrazadas, como suele hacerlo el estado paternalista pero desinteresado, de cuidado a la ciudadanía y de seguridad para les peatones, estas piezas de mobiliario urbano son un dispositivo antipático que impide el paso continuo de les peatones por aquellos trayectos que resultan más obvios. Son la respuesta Conaset para un problema real: les peatones y ciclistas fallecemos en siniestros viales.

Las rejas son una solución que parte del supuesto de que lo que ocasiona estos siniestros viales es que “nos hacemos matar, porque no hacemos uso ‘correcto’ de las calles”. Por eso es necesario un mecanismo de control que nos conduzca por el camino indicado. No obstante, ese camino no está diseñado para ser universalmente accesible, ni tiene en cuenta las necesidades y condiciones de movilidad de quienes lo recorren. Tampoco reconoce los tiempos de desplazamiento de les peatones y su exposición a las condiciones climáticas y ambientales. Más bien, tenemos un paisaje urbano laberíntico que nos conduce por el trayecto que más facilidad y velocidad le dé al flujo vehicular. Lo único que pareciera estar asegurado, entonces, es el paradigma motorizado.

La estética de la seguridad de la que son parte las rejas, nos habla de la jerarquía de movilidad desde la que está pensada la ciudad. El uso “correcto” de las calles continúa siendo aquel que privilegia al automóvil y está basado en un fetichismo de la velocidad, que desconoce la riqueza y diversidad de movilidades que existe en la ciudad, ¡Cuando toda sociedad haría bien de basar sus normas en el fomento de la diversidad! Las rejas antipeatonales son lo opuesto a las líneas del deseo: aquellos caminos que corresponden al deseo por desplazarse de la forma más directa entre dos puntos y que, con la práctica, comienzan a entreverse en céspedes y flujos de personas.

Como su nombre lo indica, las líneas del deseo responden a un impulso fundamental, generativo, afirmativo, creativo. Su estética es lo opuesto a la estética de la seguridad que segrega y atomiza la ciudad. No por nada en Santiago, para toda reja, hay una línea del deseo que la sortea. El deseo se antepone al control y, mientras que las rejas nos envían mensajes de peligro, rechazo y segregación, las líneas del deseo invitan a hacer un uso pleno de las calles y la ciudad.

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urbanismo_absurdo-new_indie5Debemos poder acceder a este uso pleno de las calles porque éstas no son inseguras en sí mismas; los riesgos que allí existen son creados e impuestos por les motoristas a peatones y ciclistas. Y, sin embargo, en la ciudad enrejada las formas de movilidad que menos obstaculizan, ocupan espacio, contaminan, hacen ruido o suponen una amenaza para la vida, parecieran estorbarle a las autoridades. En lugar de mitigar siniestros de tránsito desde su verdadero origen, el uso desmedido y desconsiderado del auto (a altas velocidades), han diseñado una ciudad cuya arquitectura asegura la hegemonía del motor a través del control de formas de movilidad más ambiental y socialmente sostenibles.

Es difícil saber con qué clase de gimnasia mental terminamos con un orden vial donde lo más amenazante goza de mayores libertades que lo más inofensivo; donde lo que hay que controlar son cruces peatonales y el uso de elementos de seguridad vial, en lugar de la velocidad asesina con la que se lanzan los autos por las calles; donde la ciudad, un bien común de todes, es acaparado por una minoría y a nadie pareciera escandalizarle; donde la movilidad de pocas personas viene, siempre, a costa de la inmovilidad de todes.

Concedo a las rejas, eso sí, que suplen las necesidad de espacios para estacionar las bicicletas que el Estado se ha quedado corto en proveer.

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Fotos: @paola_please @arriagadaPAD @BICITIZEN 


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Paola Castañeda

Bogotana. Candidata PhD Geografía @oxfordgeography & @TSUOxford | Movilidad, ciudades, ciclismo urbano, movimientos sociales

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