Revisando los debates que se han dado en el último tiempo sobre aquello que he decidido identificar como una enfermedad, a la que llamaré “cicloveredismo”, recordé que el estado de mi propia enfermedad llegó a ser crónico.

Fui de esas ciclistas amantes de andar separada de los automóviles en el lugar que creía más seguro: la vereda. El engaño se vino abajo cuando un día cualquiera me detuvieron los Carabineros, me hicieron bajar de la bici y me sacaron el único parte que hasta ahora he tenido. Digo el único porque también ando en automóvil con cierta frecuencia.

Suele suceder que cuando relato esto, mucha gente se pregunta “¿Y eso no era un mito?”. No, es verdad. Pese a que el monto no fue muy significativo en el mundo de las infracciones (alrededor de $8.000), me prometí no volver a pedalear por esa vereda (sólo esa), no sin antes preguntarle –patudamente- a los Carabineros a qué se debía la infracción: “Lo que pasa es que nos han llamado muchos abuelitos que caminan por esta calle y los han atropellado, entonces ahora están asustados”. Y es precisamente esto último sobre lo que deseo reflexionar: el miedo.

No es de extrañar que prácticamente todos en Santiago andemos con miedo, ya sea arriba de la micro, del metro, de la bici, ¡Y ahora, incluso, al caminar por la vereda! La realidad es que esto es más habitual de lo que pensamos.

Existen múltiples factores que conducen al cicloveredismo. Por un lado, desde chicos nos enseñan a andar en bicicleta en el parque, en el patio de la casa o cómo no ¡En la vereda! Lo que está muy bien para aprender a equilibrarse, pero inmediatamente después debiesen dirigirnos a nuestro lugar por excelencia: la calzada. ¿Alguien se imagina acaso aprender a andar en auto en un estacionamiento y después andar manejando por el bandejón central?

Un paso clave es normalizar la relación entre la bicicleta y la calle. Hoy en día pedalear por la calle es visto como una actitud de valientes, irresponsables y patudos que van por donde no tienen que ir, dejando entrever una profunda ignorancia por parte de los usuarios en general (ciclistas y automovilistas). Por ello, son valorables todas las iniciativas que nos lleven a pensar que tenerle miedo a la calle es hasta ridículo. Basta con hacer el ejercicio inverso, imagínense a un automovilista asustado andando por la vereda; igual de insólito es andar en bici por la vereda, con el miedo como excusa.

Pero esto no sucederá de un día para otro, ya que en el camino han quedado muchas personas sin educación vial que no concebirán utilizar la calzada como algo normal, entre ellos, muchas madres, padres y abuelos, por señalar algunos. Afortunadamente, han surgido una serie de iniciativas, mayoritariamente desde la ciudadanía, que buscan combatir el paradigma imperante. Entre los muchos ejemplos quisiera mencionar la Cicletada del Primer Martes de cada mes, por su énfasis en generar un cambio cultural en torno al uso de la bicicleta.

Normalizar el uso de la calle requiere acciones tácticas decididas en los momentos correctos, tanto a corto, como mediano y largo plazo. En vez de crear vías exclusivas temporales en calles que no cuentan con infraestructura los sábados y domingos, ¿por qué no habilitarlas un lunes a las 18:00 h en pleno horario punta? Ahí es cuando estas medidas pueden evidenciar una demanda real y volverse críticas. Además, son esos los momentos cuando los automóviles más se sienten dueños de las calles.

Necesitamos más educación vial, pero también necesitamos pedalear más y más. Aprender a moverse en bicicleta es moverse de otra manera, distinta al automóvil y al peatón. De igual manera, pedalear conlleva cambiar la manera en que experimentamos nuestros desplazamientos cotidianos. En mi caso, ser automovilista me ha ayudado muchísimo a ser mejor ciclista.

En los momentos más álgidos de mi enfermedad estaba completamente convencida de que andar por la vereda era mucho más seguro, porque estaba lejos de los autos, hasta que desde el interior de mi vehículo noté que cruzar de una vereda a otra utilizando los pasos peatonales era descabellado y suicida. Las velocidades entre un peatón y un ciclista son significativamente distintas, por lo que desde el auto resulta más difícil anticipar el lanzamiento kamikaze de algunos, propiciando los accidentes. Mientras que al ir junto al auto es más fácil que su conductor te vea.

Convivir con los vehículos motorizados en la calzada es necesario para sanarse del cicloveredismo. Si quien lee esto está en una fase avanzada de la enfermedad lo invito a no desanimarse y empezar a sanarse de a poco. Pedaleando un ratito los domingos en calles chicas o como más les acomode, pero es hora de dejar de sentir miedo y ponerse en el lugar de los peatones.

Finalmente, no puedo obviar la cuota de responsabilidad de quienes diseñan ciclovías por la vereda, puesto que buscar la solución fácil eliminando platabandas para poner cicloveredas es de una irresponsabilidad tremenda.

En los últimos momentos de mi enfermedad, una vez iba pedaleando por la ciclovereda de Santa María, junto al Parque de Las Esculturas, cuando tras uno de los paraderos de repente aparece un peatón que había descendido de la micro y que atropellé por falta de visibilidad. Ambos salimos disparados y desde entonces no tengo más recuerdos cicloveredistas.

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Jeanette Orozco

Arquitecta UC. Magíster en Proyecto urbano | Now at @djschoolchile | Apoyo #aborto3causales | Me interesa la intermodalidad y su efecto en el espacio público

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