Cada día la tengo frente a mí: la Alameda, tremenda avenida por donde muchos transitan cotidianamente y por la que podría dirigirme rápidamente hasta mi hogar en bicicleta

Sin embargo, trato de no andar mucho por ella, pese a su rapidez, hay algo incómodo con la Alameda que me hace evitarla en lo posible y tomar cualquier otra ruta que tenga a mano por calles más pequeñas.

Entre el ruido, su congestión vehicular, sus dimensiones y el apuro de sus transeúntes motorizados, se vuelve difícil tener una convivencia pacífica conmigo en la calzada. En ella no me siento bienvenido en absoluto.

El trayecto se siente arriesgado, porque los ciclistas tenemos todas las de perder en calles tan alocadas como la Alameda; somos los más lentos, los más pequeños y los más frágiles en la calzada. Quizás quienes estamos acostumbrados a ocupar la bicicleta a diario, podríamos hablar de la efectividad de los traslados cotidianos que nos deja este vehículo, pero para quien nos observa desde un auto, una micro, un taxi o una moto, seguimos siendo igual de pequeños, frágiles y lentos. En fin, una molestia que aparece en el camino y que disputa el espacio para circular.

Y ante el más débil, distintas reacciones. Algunos los protegen, le dan su espacio para circular, lo esperan, le tienen paciencia; otros los presionan con sus carrocerías, les gritan o les tocan la bocina para sacarlos de su camino.

Pese a ello, hay veces que me dan ganas de pedalear por la Alameda y sentir la emoción de un frenético viaje de vuelta a casa, entre medio de quienes no me quieren ver quitándoles espacio en la calzada. De esta forma, desafiar esta avenida se vuelve un acto político, pues reafirmamos nuestro derecho ciclista de ocupar la calle, en vez de que nos expulsen a la terrible ciclovía del bandejón central, que es para cualquier cosa menos para circular.

Siendo justos, siento que hoy se ven cada vez más conductores motorizados que toman una actitud comprensiva y protectora con los ciclistas, pero en ningún caso son la mayoría; siempre uno se puede encontrar con algún matón al volante y que a uno le puede hacer pasar un mal rato.

Me pasó una vez que iba hacia mi hogar y decidí seguir por la Alameda, eran como las 05:00 de la tarde y había bastante tráfico, pero no me importó, quería seguir por ahí con todas las dificultades que eso conllevaba. Los autos me pasaban casi rozando y a bastante velocidad, además tenía poco espacio para maniobrar apegado al carril izquierdo, pero nada que me complicara realmente.

Con todo, a la altura de la calle San Ignacio, yendo en dirección oriente, me toca una luz roja del semáforo. Me detengo tras tres autos y escucho que alguien detrás mío grita: “¡Sale de la calle, hombre!”. Me doy vuelta a ver quién me había gritado y era un carabinero de Fuerzas Especiales a bordo de un carro lanzagua. Nunca me esperé que un carabinero me echara de la calle y menos escondiendo su rostro al interior de su monstruosa máquina verde, que más parece estar preparada para un apocalipsis zombie que para andar jodiendo a las personas.

Entonces, me acerqué a la ventanilla que se alzaba un metro arriba de mi cabeza y le dije fuerte y claro: “¡Yo me estoy moviendo donde debo hacerlo!”. Con más convicción y cojones que los que suelo tener en otras situaciones, esperé su respuesta. “No –me dijo– en el bandejón está la ciclovía”.

Le respondí:

-Bueno, esa ciclovía no cumple con el mínimo de seguridad, es horrible y no funciona.

-Pero ése es tu espacio.

-No, mi espacio es por la calle y corresponde al de cualquier vehículo. Mira, ni siquiera he avanzado por el costado de los autos hasta el semáforo, sino que respeto el orden del tráfico.

-Pero (en tono casi maternal) es peligroso.

-Es la Ley.

Nos dio la luz verde, ambos continuamos nuestro camino y no hubi más hostilidades de parte de ninguno… ¡Qué Ley ni que ocho cuartos! Hasta ese momento, jamás había leído la Ley de Tránsito, tampoco estaba seguro si era correcta mi postura, pero la defendí con una convicción tal que hizo retroceder al carabinero.

Lamentablemente, no es común que los ciudadanos conozcan sus derechos y deberes, menos que los defiendan ante los uniformados que puedan aprovecharse de tal ignorancia. Esta situación de David contra Goliat es parte del día a día, una constante confrontación de jerarquías, donde la ciclovía pasa a ser más una excusa para sacar a los ciclistas de la calle que una mejora vial para los mismos.

En efecto, la Alameda margina a los ciclistas y los incentiva a usar una pésima ciclovía. De modo que si se va a transformar la cara con el próximo proyecto de renovación integral del eje Alameda-Providencia, es imperativo que no se sigan reproduciendo estas desigualdades en el derecho a la calle y para eso se tiene que tener en cuenta la opinión de todos los que circulamos por ella.

Este carabinero de Fuerzas Especiales pudo personificar perfectamente estas dos expresiones de la jerarquía sobre los ciclistas, enfundado en su blindaje y tamaño se las dio de matón y después pasó a tener una –falsa- actitud protectora conmigo, señalándome que era peligroso estar en la calle. Por supuesto que es peligrosa, pero es por culpa de matones como él que la calle sigue siendo peligrosa.

Y desde nuestra pequeñez, fragilidad y “lentitud”, hay que decir que no nos intimidan, la calle también es ciclista y es compartida con los demás, no hay que vestirse de monstruos ni comportarnos como tales.

Los ciclistas igual seguiremos ocupando la calle y la compartiremos con los demás. Sólo así podremos llegar a un mejor entendimiento en el tráfico vehicular, protegiéndonos mutuamente y humanizando al transeúnte para superar esta dominación callejera cotidiana, así como los miedos que esto nos provoca.

About The Author

Cristóbal
Antropólogo

Ciclista urbano que no le hace el quite a caminar o al transporte público. Antropólogo UAH dedicado a la investigación sobre la movilidad urbana y la interacción entre los transeúntes para lograr ciudades más amenas.

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